Lunes, 06 de diciembre de 2004
La Navidad, ese concepto
Asombrado me tienen, humanos. No esperaba yo una muestra de inteligencia en esas masas de pulpa que son sus cerebros. Debo decir que ni yo me había planteado jamás la posibilidad de crear todo un entramado destinado a incrementar las arcas de la nación en base a creencias religiosas. Todo un logro.
Me fascina ver cómo son ustedes capaces de aunar fe y capitalismo en una orgía de luces, música y publicidad para que la gente siga sin dificultades el camino que ustedes les marcan a golpe de villancico. Soberbio. Lo paradójico es que sean ustedes tan listos como para llevarlo a cabo, y tan imbéciles como creerlo a pies juntillas. Y es que repugna contemplarles, aglomerados en las tiendas, cargando bolsas y peleando por las inmundicias que les sirven a precios de órdago. Preveo curiosos análisis sobre el modus operandi humano después de esta debacle de consumismo supino.
Lo único que reprocho del montaje es la chorrada esa de los Tres Reyes Magos. ¿Cómo esperan implantar en la juventud el respeto a la oligarquía y al status quo si les hacen creer que hay tres monarcas dejándoles regalos sin pedir nada a cambio? No me extrañan los tintes republicanamente liberales (¡puaj!) que está tomando este país. La farsa sobre Papá Noel es mucho más edificante para el sistema de clases. Nada como enseñarles que un hombre gordo y viejo que procede del Polo Norte (esquimal, sin duda, ergo raza inferior) es el destinado a colmarles de regalos por la simple compensación de que sean "buenos" y se inclinen ante el sistema.
Viernes, 03 de diciembre de 2004
Una razón más de mi odio
Cuando George Taylor se opuso a la realidad política del mundo del que vengo, mi primer pensamiento fue que el territorio del que procedía debía ser una especie de utopía, el paraíso con el que sueñan los simples, la culminación del individuo como ente natural. Una aberración, vamos.
Sin embargo, ahora que he de vivir vuestro mundo (y el de Taylor) en mis propias carnes, mi desprecio por vuestra especie no puede ser mayor.
Vuestros gobernantes mienten, mangonean, prevarican, tiranizan, insultan, vejan, humillan, ocultan, y pervierten tanto o más como lo hice yo o alguno de los míos, sólo que yo tuve la mínima decencia personal de admitir los pecados que cometí en pos del poder que quería mantener. Vosotros, los humanos, ni eso sabeis hacer.
No servís ni para tiranizar o ser tiranizados. Dais pena.
Miércoles, 01 de diciembre de 2004
Os odio, humanos
Os odio, humanos. Este planetoide ya me parecía absurdo cuando había de gobernarlo, así que no me preguntéis por mis opiniones al respecto tendiendo que mezclarme entre vosotros. Observándoos, me resulta casi vergonzante admitir que durante un tiempo fuisteis la especie dominante. Es una suerte que en un futuro -corrección: en el futuro- esto no durará mucho.
Qué hago aquí, os preguntareis. Vosotros los humanos siempre andais preguntándoos cosas, como si la respuesta fuera a haceros más felices. Pues lo que hago aquí, listillos, es resignarme a mi nuevo estatus de desterrado.
Sí, la Historia me ha tratado mal. Desde que el infausto George Taylor descubriera que lo que vosotros conoceis como el Planeta de los Simios era el suyo propio, todo ha ido mal. Resentido por la verdad, organizó una rebelión y reconquistó el planeta, decretando una nueva democracia.
¡Democracia! La de tonterías que habeis llegado a crear en vuestra estúpida vanidad. Mis leyes, mis Escrituras, toda mi ciencia arrasada. Yo fui desterrado, por supuesto, y en mi huida sólo pude viajar en el tiempo hacia vuestro mundo.
Lo único que me consuela de todo esto es que el George Taylor de vuestro tiempo, al que conoceis por otro nombre, no es tan liberal como yo le conocía. Paradójico y reconfortante.
Así que aquí me veo recluido. ¡Entre humanos! No encuentro palabras para describir la repugnancia que me provoca todo esto. Me queda, sin embargo, el vano placer de poder estudiaros y analizaros para que vuestra caída sea más dura, y también más rápida.
Cómo os odio, humanos. No teneis ni idea.